lunes, 22 de enero de 2007

Cuando los vecinos se convierten en enemigos

La victoria de Hugo Chávez la pasada semana en las elecciones presidenciales venezolanas representa el último capítulo de 2006 en lo que se refiere al avance de la izquierda y el antiamericanismo en América Latina. Un fenómeno que va en aumento y que ha tenido un fuerte impulso durante este año.
Pese a los múltiples problemas que la Administración Bush tiene que afrontar en otras regiones del planeta, los halcones de Washington no deben desatender –y no lo hacen- la incipiente llegada de políticos populistas y socialistas a los gobiernos latinoamericanos. No deben hacerlo porque, entre otras cosas, se trata de países que se encuentran en el entorno geográfico estadounidense y porque, con un choque de civilizaciones en ciernes, no le interesa reducir su lista de aliados diplomáticos de cara a un futuro complicado en el plano de la política internacional. En este sentido hay que tener en cuenta que, entre la lista de aliados del flamante presidente venezolano, se encuentran países tan poco queridos en Washington como son Cuba, Siria, Corea del Norte o Irán.
Si bien el caso cubano tiene perspectivas de cambiar a medio plazo tras la notificación pública del precario estado de salud de Fidel Castro este verano, también es cierto que durante este año que ya estamos a punto de despedir han llegado al poder dirigentes como Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador o Daniel Ortega en Nicaragua. Todos ellos con un perfil más cercano al del reelegido Chávez que al de George W. Bush. Por otro lado también es cierto que la situación podría ser mucho peor para los intereses norteamericanos si en las pasadas elecciones mexicanas López Obrador se hubiese hecho con el poder o si el reelegido Lula Da Silva no se hubiese ido diluyendo durante su primera legislatura.
Lo que procede preguntarse si uno quiere comprender este florecimiento de la izquierda en Latinoamérica es ¿cuál es el caldo de cultivo que ha generado esta clase de líderes? En la mayoría de los casos el punto de partida es la existencia de una corrupción generalizada en las administraciones hispanoamericanas y la existencia de unas importantes desigualdades sociales entre las diferentes clases que conviven en estos países. Sólo en este contexto se pueden comprender las “misiones” llevadas a cabo por la Administración Chávez en los barrios más pobres de las grandes ciudades o el gran intervencionismo que está llevando a cabo Evo Morales en Bolivia con las nacionalizaciones de varias compañías. Éste tipo de actuaciones, incluidas en un programa electoral, pueden ser excelentes reclamos para un buen porcentaje de la población latinoamericana que ya está cansada de tanta corrupción en la clase política y de la falta de soluciones para reducir el abismo cada vez mayor entre las diferentes clases sociales.
Aunque en principio podríamos denominar a este nuevo grupo de países como antiestadounidenses, quizás sería más acertado matizar que parece que realmente la figura que acapara todas las animadversiones es George W. Bush. Quizás por esta razón no sería descabellado pensar que con su futura marcha de la Casa Blanca al acabar la presente legislatura, se podrían limar las asperezas con estos nuevos gobiernos.
En este sentido, a los Estados Unidos debería preocuparle diseñar alguna estrategia para que estos países de su entorno geográfico no estrechen demasiado sus lazos con países que representan potencialmente una amenaza como son Irán o Corea del Norte. Pese a que pueda parecer alarmista, no es beneficioso para los intereses estadounidenses que en los albores de un choque de civilizaciones, estos países que en principio deberían ser aliados, estén en el otro bando en un hipotético futuro conflicto internacional.
Es aquí donde la diplomacia europea podría echar una mano a su aliado trasatlántico. Países como España podrían jugar un papel importante a la hora de conseguir que, en el ámbito de la política internacional, estos países declarados antiamericanos no desarrollen alianzas con los gobiernos que Occidente tiene incluidos en su lista negra. Sin embargo para que un hipotético papel de España en este asunto llegase a tener lugar, sería importante que las relaciones del Gobierno de Zapatero con el estadounidense fueran más fluidas. Una misión complicada si se atiende al perfil de los líderes de ambos países. El español, gran amante de los gestos y el norteamericano, que no ha olvidado la retirada de las tropas españolas de Iraq en cuanto Zapatero llegó a la Moncloa en 2004.